Archivo de agosto de 2009

Esclavitud infantil

Viernes, 14 de agosto de 2009

- Al principio no le gustaba pero, a fuerza de motivarla, con castigos y reprimendas, conseguí que entrenara cada día. Desde pequeñita baila varias horas al día, para “ser alguien el día de mañana”. Pero necesita, para conseguirlo, un niño que baile con ella, que le hayan motivado tanto como yo a mi hija. Hasta ahora sólo hemos dado con niños que hacen lo que les da la gana, y eso no puede ser.

– ¡Venga, Aroa, baila para estos señores! –ordena golpeando su cabeza-. Ésta nos va a sacar de pobres.

Entre la vida y la muerte

Sábado, 1 de agosto de 2009

I

A media noche, la calle volvía a convertirse en el escenario perfecto para efectuar un crimen. La niebla confundía las sombras, difuminaba cualquier luz y humedecía cada rincón. Las farolas fundidas ya no iluminaban las mugrientas paredes. Los callejones oscuros ya no conducían a patios de luces, que no hacían honor a su nombre. Los contenedores de basura permanecían abiertos para uso y disfrute de las ratas que salían de las alcantarillas en busca de alimento.

II

Por la mañana, la calle resucitaba. Cuando salía el sol, los niños jugaban a la pelota en mitad de la calle, y las niñas cantaban alegres canciones. Las vecinas hablaban desde las ventanas, mientras tendían ropa recién salida de la lavadora y aromatizaban cada rincón. La cafetería volvía a ser el punto de encuentro de varios vecinos que pasaban la mañana jugando a las cartas. El cartero, el barrendero, los repartidores, el policía del barrio, las mujeres que iban o venían con las bolsas de la compra, daban vida a aquella calle que moría cada noche.

El toro que lo sabía todo

Sábado, 1 de agosto de 2009

El toro sabía que había topado con uno de esos tipos que van de valientes, que matan animales públicamente por dinero. De esos que disfrazan su verdadera vocación, que no es otra que la de asesino en potencia, y que cuando no matan toros en la plaza tienen que irse de cacería para poder matar cualquier otro animal. Sabía, al ver al gordo de la lanza sobre el caballo, a los banderilleros, a los compinches de la cuadrilla, que iba a ser una lucha desigual y que saldría de la plaza “con los pies por delante”. El toro lo sabía todo, o al menos eso pensé yo, por eso decidió no embestir.

Ya muerto, después de haber sido ridiculizado públicamente, le acusaron de haber sido manso.